La décima sotaventina

La décima sotaventina La décima es una combinación métrica, de diez versos, octasílabos, que riman en consonantes del modo siguiente: primero y cuarto con quinto; segundo con tercero; sexto y séptimo con décimo, y octavo con noveno.

También es conocida con el nombre de “Espinela”, dado que se le atribuye su creación al poeta español Vicente Espinel, mismo que también fue músico y contribuyó a la evolución de la guitarra, agregándole la quinta cuerda.

Dice Don Vicente T. Mendoza en su libro “Glosas y décimas de México”, que la décima constituyó durante la primera mitad del siglo XIX la prensa informativa en nuestro país y particularmente en nuestro estado, ya que al pueblo le gustaba escuhar las noticias cantadas o declamadas por algún cancionero vendedor de hojas sueltas, acompañado de una guitarra o arpa.

Su función social no era la de instruir literalmente a la juventud, sino la de informar, de ahí sus numerosos errores gramaticales y defectos de versificación, sus imperfecciones en la forma estrófica, sus modismos, reflejo del habla popular, su sencillez en la expresión, su falta de retórica; pero en cambio una de sus cualidades fue la frescura, lo espontáneo y, al mismo tiempo, lo tradicional en lo que se afianzaban viejos moldes hispánicos.

Los temas que se trataban eran históricos, de guerra, levantamientos, motines, subir y bajar de autoridades, calamidades, ejecuciones, alabanzas, salutaciones, etc.

La décima se implantó en Barlovento y el Sotavento veracruzanos y produjo frutos con el inigualable gracejo y sabor regionales, al mismo tiempo que se popularizó en toda la América española. En nuestra región, fue desde el siglo XVII parte del ritual del fandango de tarima y común en varios “sones grandes” del repertorio del son jarocho.

Décimas de amor, de crónica, a lo profano y a lo divino, décimas sabidas e improvisadas, circularon por todo el litoral; sueltas, enlazadas o glosadas y constituyeron los pilares de la versificación y las referencias simbólicas de un centenar de sones que conformaban lo fundamental del cancionero jarocho de los siglos XVII y XIX.

Las influencias llegadas casi todas por el puerto de veracruz, configuraron un repertorio variadísimo: tonadillas escénicas, fragmentos de entremeses, frases musicales cultas, rumbas y comparsas caribeñas, folías canarias y sobre todo un gran torrente de coplas y tonadas andaluzas desembocaron todas en sones de pareja y de montón, en aires evocadores y nostálgicos (peteneras, habaneras, lloroncitas), que se tradujeron a los sonidos y a las muchas de las afinaciones antiguas de la jarana, la guitarra de son y el arpa.

Dos influencias fueron definitivas en nuestro son: la que en el siglo XVIII nos llegó de Venezuela, cuando existía en el puerto de Veracruz la “Feria del Cacao venezolano”, el 70 por ciento del tráfico comercial se establecía con La Guaira y Maracaibo y en la “Feria de Xalapa” se comerciaban instrumentos y coplas del entonces llamado “Caribe andaluz”.

La otra presencia imborrable se produjo en el XIX y le dio nuevo aliento a la décima sotaventina: provino de Cuba, cuando las luchas libertarias de la isla arrojaron a cerca de tres mil cubanos (plantadores, ganaderos, tabacaleros, jornaleros y educadores) por todo el litoral del golfo. Azúcar, tabaco, décima y danzón fueron el aporte isleño a la conformación final de nuestras querencias y evocaciones líricas y musicales. La décima de hoy, sones como “El Zapateado” y “El Jarabe Loco”, tiene desde entonces ese aire guajiro que nos hermana con la Perla del Caribe.

Un tanto olvidada, la improvisación decimal ha languidecido por años. Un grupo de poetas regionales la volvió a retomar con fuerza y entre ellos se distinguió Don Guillermo Cházaro Lagos por incorporar trozos de historia regional y finas semblanzas dedicadas a la mujer jarocha. La décima recitada en fandangos y jaleos caracterizó a este nuevo auge y Tlacotalpan se erigió como la capital cultural del Sotavento, la perla engarzada en el río que siempre fue.

Textos extraídos de los libros “El son jarocho: sus instrumentos y sus versos” (1991), de Rubén Vázquez Domínguez y “Como la palma del llano” (1991), de Guillermo Cházaro Lagos.




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