El patio de "Los Melones"

Por: José Luis Rogel Montalvo
El patio de Los Melones Aquella tarde el sol resplandecía en el jarocho azul horizonte; en perfecta armonía con las nubes, formaban una acuarela de bonitos colores y el relente del aire tibio, muy propio de la costa; hacían caderear las palmeras del Boulevard Manuel Ávila Camacho, en el meritito puerto.

Las ramas de los árboles de la Alameda Salvador Díaz Mirón de Veracruz; hacían gestos con el viento.

-Es la llegada del norte, hay que quitar el mandil de la  Tía Chata; que luego sale volando –dijo mi abuela Luz del Carmen Hernández  Díaz-. El último, cayó hasta el patio de "Los Melones"- comentó mi abuela.

Yo la escuchaba mientras tallaba en la piedra del lavadero; con agua y jabón, algunas prendas de vestir; siempre pegada al lavadero; como todos los días, en los trabajos de la casa. El aire corría más apresurado, como si a propósito quisiera hacerse notar; llamar la atención, y mi abuela; al chiflón del viento... más atención le ponía.

-Niño, sal a quitar el mandil, que el aire está apretando, soplando más fuerte, y se lo va a llevar  de corbata, ya la otra vez pasó lo mismo– repitió Doña Luz, como si pensara en voz alta-. Oye si no es Juana, es Chana, y si no su hermana; el caso es que algo hace el norte cuando entra al puerto– sentenció.

-Tu abuelo, que trabajaba en Calafates como carpintero de rivera haciendo las lanchas; allá rumbo a  San Juan de Úlua, por el muelle de cabotaje; seguido le pega el viento fuerte, y pues tiene que parar de trabajar-  exprime la prenda, la echa a la cubeta y jala otra; un pantalón-. Bien decía mi papá, desde que amanece unos a chi...flar y otros, a no dejarse.         

El último chiflón del norte, no bien corría; cuando el mandil de mi Tía Chata; ya se  desprendía.

-¡Ándale chamaco! –gritó mi abuela Luz-. ¡Corre y trae el mandil de la Tía Chata!, ¡El mandil  de la Tía Chata!, ¡El mandil, ¡Se va a enojar la Tía Chata!- gritó voz en cuello Doña Luz.

-¡Auch!, ¡Auch! –dos cocotazos-. ¡Ya voy abuela!, ¡Ya voy!.

Y salí corriendo de la casa, en Escobedo entre 16 de Septiembre y Xicoténcatl; mientras que el mandil de mi Tía Chata; hermana de la madre de mi abuela, surcaba el horizonte jarocho; impulsada a capricho por los vientos del norte; que en aquellos años ya le pegaban duro a la ciudad.

La prenda revoloteaba por los aires, fue tanta la fuerza del viento; que el mandil volaba por los techos de las antiguas accesorias de los patios de la ciudad, habitados en aquellos años por decenas de familias, muchas de ellas integradas por trabajadores de los muelles de Veracruz.

El mandil de mi tía Chata voló sobre los techos del patio el “Resbalón”, ubicado en  20 de Noviembre entre Uribe y Azueta; de los pocos construidos con algunas casas de material, también surcó los cielos sobre el  patio del “Paseo”, en la avenida Salvador Díaz Mirón entre 20 de Noviembre y Abasolo, con sus casas de madera y techo de teja, decían en aquel entonces, que dizque de fabricación inglesa.

Recuerdo el tradicional patio del “Niágara”, entre las calles de Escobedo y Zapata, donde vivía Doña Conchita Carbón; una viejecita, que se sostenía de la venta de este producto, antes de la llegada de algunas de las primeras estufas, en las casas comerciales de la ciudad.

El patio “El Escapado”, en la avenida Nicolás Bravo; en el límite de la barda de los ferrocarriles; sobre la calle de Montesinos, donde según la leyenda; habría sobrevivido a un incendio que arrasó con parte de la ciudad a finales del siglo XIX.

De aquí para allá, y de allá para acá; el mandil de Tía Chata, brincaba caprichosamente; por los techos, pasillos, calles y avenidas de aquel Veracruz antiguo, el de los patios del puerto.

Luego de idas y vueltas, el norte se cansó de ese jugueteo ocioso; y a manera de desdén; soltó el mandil de Tía Chata, en el patio de "Los Melones", ubicado con sus casitas de madera y techos de láminas, en las avenidas de Emiliano Zapata entre Virgilio Uribe y Primero de Mayo, en el mero corazón de la Huaca.

El patio de "Los Melones", con sus lavaderos en doble fila, en medio de la explanada central del inmueble,  donde entre las pláticas de las mujeres se entre tejían las historias de vida de los vecinos del lugar.   

Entré corriendo, y jadeando por el cansancio; encontré el mandil de la Tía Chata, colgando de un mecate, precisamente frente a la casa de Doña Sara Lara; amistad de mi abuela Luz y que llegaron junto con un grupo de alvaradeños a vivir a este patio, con casas de madera y techos de teja, recuerdo que incluso, el piso era de ladrillo y tabique rojos.

Tomé el mandil entre mis manos, la misión se había cumplido, y cansado pero contento regresé a la casa; donde ya me esperaba Doña Luz de Veracruz.

-¡Gracias hijo!, sabía que lo podías hacer; porque creo en ti-. Lo tomó entre sus marchitas manos y me regaló un beso en la mejilla. Más de 40 años después, aquellas palabras y ese beso... hacen eco en mi alma.

José Luis Rogel Montalvo, es egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, con Maestría en Periodismo, trabaja como reportero y conductor en Televisa Veracruz, reportero de información general en el Heraldo, y como catedrático frente a grupo en la Universidad Veracruzana.



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