El poder está en ti

Por: María Dolores Altamirano Hernández
El poder está en ti En plena euforia futbolística, aunque ya no tanta, después que eliminaron a México, recordé una frase que forma parte de un relato que escribí para un concurso en línea de “cuentos cortos”, que promovió Alberto Chimal hace algunos meses. Mi cuento no fue ganador pero si fue un buen ejercicio de redacción.

"El poder está en ti", es parte de la frase que acompaña a la historia que compartiré con ustedes, y al igual que el protagonista del cuento, muchas veces deseamos que suceda algo sin comprometernos a ser parte del hacer. Por ejemplo, deseamos sacarnos la lotería y esperamos que la “suerte” nos caiga del cielo junto con mucho dinero...  y ¿por qué no hacemos algo al respecto? Tal vez, tener un trabajo que nos remunere un poco más, ahorrar gastando menos... y entonces si me habré sacado la lotería, pero en experiencias y satisfacciones por mi esfuerzo.

He aquí el relato:

— “No te había visto en mucho tiempo — le dije.

Y era verdad. Bueno, aproximadamente verdad. Lo cierto es que, si bien no nos habíamos encontrado cara a cara, en esos días se le podía encontrar por todas partes: las historias que contaban amigos y desconocidos, las fotos en redes sociales, y hasta algún reporte noticioso por aquí y por allá. Unos meses antes era una persona más; una de millones que habitamos este mundo aburrido y lleno de cosas extrañas que no nos sorprenden en absoluto. Pero ahora...

— ¡Estás por todas partes! —continué— Viajas, todo el mundo te ve, todo el mundo habla de ti... No me vas a decir que no te sorprende.

— ¡Claro que me sorprende! — contestó. En varios aspectos no había cambiado: seguía dando la impresión de que se alegraba al verme, por ejemplo, y creo que se alegraba de verdad. Si hace un año me hubieras dicho que esto iba a pasar...

— ¿Y qué fue lo que pasó?

— Me alegra mucho que preguntes — respondió. Estábamos en su departamento, que era el mismo, tan pequeño y desarreglado como siempre. Se levantó, se puso a rebuscar entre muebles y cajas de cartón y regresó con una de ellas. Una caja cúbica, no muy grande ni muy chica.

No sé por qué, pero pensé que una caja así podía contener muchísimas cosas: un vestido de novia, o una bola de boliche, o una consola de juegos con sus accesorios, o...

— Todo lo que está pasando se lo debo a lo que está en esta caja — dijo, y la abrió".

Sacó un pequeño espejo en el que se contempló por varios minutos.

Un espejo – dije admirado... - ¿Puedo tocarlo? – pregunté.

- ¡No!... ¡No lo puedes tocar!... Nadie lo puede tocar. Es mi preciado tesoro. Sonrió al mirarse de nuevo.

No entendía lo que significaba ese objeto. Pregunté - ¿Puedes explicarme?

Me miró fijamente y con esa sonrisa burlona en su rostro, que a veces parecía tan cínica. Me pidió que me sentara junto a él. Estiró sus largas piernas sobre la mesa de centro y con la mirada fija en el espejo me dijo:

- Un día caminaba entre las calles de la capital rumbo al hospital. No tenía ni un peso en el bolsillo del pantalón; hacia dos días que no probada bocado alguno. Sin bañarme, ni rasurarme, como ya se me había hecho costumbre,... y con esa angustiante sensación de no importarme nada de nuevo; pensé: otro semana más de terapia, de rehabilitar mi cuerpo... – ¡Sonrió sarcásticamente!... Y después, - suspiró profundamente -.

- ¡Dejaste de tomar el medicamento! – Le reprimí.

- ¡Sí!... ¡El maldito medicamento!... ¡Sí, lo olvidé!... ¡Como si el olvido fuera el mayor pecado de mi vida!... - Gritó enérgicamente -.  Pero, gracias a ese olvido apareció ella... de la nada... - Me dijo, mirándome de nuevo -.

- Era... como un pequeño destello de luz. – Tocaba de nuevo el espejo -. La miré, pero no se asustó... solo sonrió. Su cabeza estaba cubierta por una mascada azul, transparente, que hacia resaltar sus hermosos ojos marrón. Ella me vio fijamente y me dejó sentarme a su lado. Volvió a sonreír y me preguntó si tenía hambre. Me vio temblar y me ofreció una manzana para que la comiera. La devoré y se lo agradecí. Solo fueron unos minutos los que pasé junto a ella pero... Me dejó una paz.

- ¿De qué platicaron? – Lo interrumpí.

- De tantas cosas: ¿Por qué no me había bañado?, ¿Cuánto tiempo tenía de acudir a ese hospital?...

- ¡Creo que hablé más de la cuenta! Y ella... solo sonreía. De pronto, la enfermera me indicó que pasará al consultorio y me despedí con un simple movimiento de cabeza. Pasaron dos horas y cuando salí del consultorio fui a buscarla para preguntarle su nombre, su teléfono... ¡No sé!, quería saber de ella. Pero... El asiento estaba vacío. Le pregunté a la enfermera si sabía su nombre, su dirección... Nadie  podía decirme quién era ella.

Al pasar de nuevo por el asiento vi una pequeña bolsa tejida. Me agaché a recogerla y dentro había una insignificante nota de papel que decía: No lo busques... El poder está en ti... Y junto al arrugado papel se encontraba este pequeño espejo con unas iniciales LR. Lo tomé entre mis manos y... ¡Me vi reflejado tal cual!: sucio, drogado, sin motivos para volver a hacer lo que era antes. ¡Lloré!... ¡Créeme... que lloré!... ¡Como nunca antes lo había hecho!... ¡Como si el dolor me partiera el alma!

Se paró bruscamente del sillón y caminó hacia la ventana. Su voz se entrecortaba.

– ¿Llorarás? - Le pregunté en tono burlón -. Sonrió, y me lanzó un cojín sobre la cara. Siguió hablando:

- A partir de ese momento, todo cambió... Necesitaba encontrarla, darle su bolsa, su espejo, porque sabía que era de ella. Tenía que decirle que era mi luz, mi ángel. ¡Tenía que agradecérselo! – Sonrió -. Y volvió a sentarse en el sillón, junto a mí.

- Por lo demás... Ya te imaginarás – Me dio la última edición de una revista moderna -. Retomé mi negocio en ventas inmobiliarias. Me dieron un premio internacional de calidad en el servicio. Fui el ejecutivo del año. Continúo mi tratamiento médico al pie de la letra...  Y todo eso que dicen de mí y que sale en los periódicos y revistas.

- Pues,... ¡Me alegro mucho por ti! – le respondí dándole una palmada en la espalda. Pero, ¿No entiendo por qué volver a tu viejo departamento? – Lo cuestioné.

Él sonrió sarcásticamente.

- ¡Contraté a la mejor agencia de investigación! Y... ¡La encontraron!... ¡Encontraron a mí Luz!... – Me respondió seriamente.

- ¡Bien!... Y ¿Cuándo la verás? – pregunté emocionado.

- ¡Hoy mismo! – Me dijo serio-  pero, necesito que me acompañes.

Caminamos con pasos firmes hacia la puerta del departamento. A fuera llovía y empezaba a oscurecer.

- Y bien, ¿Quieres que maneje? –. El, afirmó con un ligero movimiento de cabeza.

Durante el trayecto platicamos cosas sin importancia. Me pidió dirigirme hacia un pequeño pueblo. Nos detuvimos en una vieja casa. Me miró y me indicó que lo esperara en el automóvil. Observé a lo lejos a una anciana que abría la vieja reja de fierro oxidado. Él, le enseñaba la bolsa y el espejo. La anciana se lo arrebató de las manos y se las llevó hacia su pecho. Sollozaba y movía la cabeza. Mi amigo la consolaba, tocándole la espalda. Volteaba a mirarme angustiado. Pasaron unos minutos. Soplaba el aire suavemente. Hacia frio. Algunas luces empezaron a alumbrar la vieja calle de terracería. Mi amigo la tomó de las manos y le dio un fuerte abrazo. Caminó hacia el carro y me pidió conducir de nuevo hacia la ciudad. No pronunció palabra alguna. Después de unos minutos de viaje. Me miró y exclamó:

- ¡Qué extraña es la vida! –.  El espejo no es ni de su hija, ni de su nieta. – Lo miré con asombro... ¿No? Alcancé a murmurar.  - El espejo – continuó diciendo - ¡Es de ella!... Lo perdió hace más de 50 años en una banca del hospital cuando trabajaba de enfermera. Nunca más lo volvió a ver, hasta hoy. Me agradeció por devolvérselo ya que había sido un regalo de su difunto esposo.

Quedé sorprendido.

- ¿Y sabes? – Ella me dijo sonriendo: No lo busques... El poder está en ti.

Y continuamos nuestro viaje de regreso a la ciudad.

Para concluir, estimado lector de El Sabor de Veracruz, así como el poder lo demostraron cada uno de los jugadores, de las diferentes selecciones de futbol, que compitieron y que todavía compiten por el reconocimiento mundial, el poder también está en ti, en mí, en nosotros. No hagamos mal uso de ese poder. Aprendamos a ejercerlo positivamente. Iniciemos en nuestro interior para que se vea reflejado en lo que hacemos y sobre todo, con quienes compartimos en nuestro diario vivir.

Ma. Dolores Altamirano Hernández es egresada de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Veracruzana y con maestría en Educación Superior por la Universidad Cristóbal Colón. Docente desde hace 20 años desde el nivel medio hasta postgrado. Colaboradora en varios proyectos culturales como Cafés Literario, Círculo de lectores para adolescentes. Actualmente es docente frente a grupo y tutora en el Colegio Cristóbal Colón de Veracruz.



© 2012-2018 Destinoveracruz.com. Algunos derechos reservados.