Leyenda El sacrificio de la doncella

Leyenda El sacrificio de la doncella Desde mucho tiempo antes que arribaran a Veracruz los españoles, en la isla de sacrificios se encontraba una gran piedra de forma ovalada, en la cual los Olmecas celebraban el rito del sacrificio de doncellas a sus dioses.

Se dice que en una ocasión en que se iba a llevar a cabo un sacrificio, como era la costumbre la tribu desembarcó en la isla, formaron un círculo grande alrededor de la piedra con lanzas y arcos en la mano, al mismo tiempo que interpretaban cantos fúnebres, y al ritmo de los tambores se podían apreciar las hachas y las flechas chocando dentro de una coreografía con olor a muerte.

Cinco doncellas fueron colocadas alrededor de la piedra, el sacerdote se acercó a ellas con paso cansado llevando en la mano un recipiente humeante con hierbas, hecho del caparazón de un animal crustáceo, una vez en el centro del círculo, comenzó a danzar con las manos en alto junto con todos los de la tribu, hasta que de repente se arrodilló y señaló a una de las cinco doncellas, siendo esta la que sería sacrificada.

Un grupo de hombres tomó a la joven levantándola sobre sus cabezas con la finalidad de hacer un recorrido por la isla, después fue colocada en la piedra de los sacrificios donde le dieron a beber un brebaje que la durmió, el verdugo se acercó y le clavó un cuchillo en el pecho, pero cual fue la sorpresa de todos que al sentir el puñal en el pecho, la doncella abrió los ojos sonriendo malévolamente al sacerdote, el cual cayó fulminado por un rayo.

Nadie supo que hacer, desconcertados y espantados corrían para todos lados en medio de una gigantesca tormenta que se había desatado oscureciendo completamente el día, hasta que los jefes de la tribu llegaron a las canoas, todos los hombres se fueron tras de ellos y subieron a las pequeñas embarcaciones, pero era tal lo negro en el horizonte que no podían distinguir el rumbo y solamente se la pasaban dando vueltas alrededor de la isla.

Poco a poco se fue calmando la tormenta y todo se fue aclarando, los indígenas se tranquilizaron, pero cuando giraron las barcazas para tomar rumbo a la costa, se encontraron frente a ellos suspendidos en el aire, al sacerdote arrodillado con los brazos levantados pidiendo perdón, junto con el cuerpo de la joven doncella, que con una mano los saludaba dibujando en su boca la sonrisa malévola que había matado al sacerdote, y en la otra cargaba su corazón sangrante, despidiéndose de la tribu con una estruendosa y terrorífica carcajada.

En la actualidad, aunque ya han pasado varios siglos desde el día del suceso, se cuenta que en las noches sin luna, en los alrededores de la isla algunos marineros han llegado a distinguir un resplandor a la distancia, donde se contempla la figura de una mujer con un corazón en la mano, queriendo entregarselo a un anciano que de rodillas parece que estuviera pidiendo perdón.




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